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El trabajo de DREAM con los adolescentes de Malaui

Es un cálido lunes de octubre y Ak. se aleja de su barrio sonriendo, saludando a todos sus conocidos y gritando: «¡Me voy al cole! ¡Viva! ¡Voy a una boarding school!».

Ivy y Maureen han ido a buscarlo pronto por la mañana para acompañarle al internado que una familia italiana ha decidido pagarle. Ak. todavía no lo puede creer: hasta el año pasado a duras penas iba a la escuela, no tenía nada que comer, no tenía dinero para pagar el transporte y llegar al centro DREAM…

Él es uno de los muchos adolescentes que atienden los centros DREAM e Ivy y Maureen, desde hace más de un año, habían visto que el tratamiento que seguía no era eficaz, no tomaba bien los medicamentos, no iba a las visitas y por eso decidieron ver qué pasaba.

Huérfano de padre, abandonado por su madre, que sufría graves problemas psíquicos, durante un tiempo vivió con una tía pero luego lo echaron con el pretexto de que era un niño brujo y había provocado la muerte de su padre. Así es como se convirtió en uno de los numerosos niños de la calle que pueblan los centros urbanos de Malaui. Con la ayuda del personal de DREAM intentaron varias veces que lo acogieran algunos parientes en su casa, pero al cabo de unos meses lo echaban porque sospechaban que era el responsable de la mala suerte de la familia, de la escasez de lluvias, de las enfermedades o de problemas económicos. Alguien le decía abiertamente: «es mejor que mueras y termines en el cementerio con tu padre».

Maureen, una de las coordinadoras del centro DREAM de Blantyre, nunca dejó de buscar soluciones, y encontró la ayuda de sor Matilde, que empezó a ayudarle: le daba algo de comer al terminar las clases y de vez en cuando lo acompañaba a las visitas y a tomar los medicamentos.

Los adolescentes están entre los pacientes más problemáticos y muchas veces, tras un éxito inicial durante la infancia, la terapia deja de dar los resultados a causa de la poca adherencia.

En los centros DREAM de Malaui hay casi mil adolescentes en tratamiento y muchos son huérfanos. Pero incluso en los casos de adolescentes con familia que cuida de ellos, no es fácil convencerles de que tomen regularmente la terapia.

La adolescencia es una edad difícil en todas las latitudes. Los adolescentes empiezan a tomar conciencia de sí mismos y proyectan su futuro, y eso no es fácil si tu vida está marcada por el sida que contrajiste al nacer. Los chicos, en su cabeza, tienen un sinfín de preguntas: ¿cómo será mi vida? ¿Me podré casar? ¿Tener hijos? ¿De qué sirve estudiar si estoy enfermo? ¿Tendré que tomar la terapia toda mi vida? Son preguntas difíciles de afrontar incluso para un adulto y que son insuperables para un adolescente, sobre todo si no tiene estabilidad afectiva y social a su alrededor.

Muchas veces los padres o los parientes tienen problemas, no saben comunicarse con los hijos, que son seropositivos. A veces las madres se sienten culpables por haber transmitido el virus a sus hijos y evitan, por ignorancia o porque piensan que no sabrán hacerlo, el momento de hablar con franqueza y explicar los motivos por los que hay que tomar la terapia cada día.

Mientras son pequeños es más fácil de llevar. Es suficiente dar una excusa: «…son medicamentos para la anemia…», o «…para prevenir la malaria…», pero con los adolescentes es más difícil.

 

A menudo los jóvenes se enteran por casualidad de su problema. Puede pasar, por ejemplo, que los compañeros del colegio se den cuenta de que falta habitualmente a clase para ir a tomar los medicamentos y empiezan a reírse de él.

La adherencia al tratamiento para los adolescentes es un desafío que deben afrontar todos los países donde el VIH es endémico y por eso en los últimos años en los centros DREAM de Malaui ha empezado una profunda reflexión sobre la situación de los adolescentes seropositivos para poder ayudar mejor a estos jóvenes pacientes.

Tras algunas clases con el personal sobre las características de la edad adolescente, se hizo un estudio específico de todos los pacientes entre los 10 y los 17 años. A continuación se investigó en cada caso si habían sido informados y cómo sobre su estado y en reuniones posteriores se ayudó o formó a los padres, o a los adultos de referencia, sobre cómo comunicar el diagnóstico a sus hijos.

Por ejemplo, explicar que en el momento del embarazo el acceso universal al tratamiento no estaba disponible y destacar que a pesar de todo los padres siempre se han ocupado de sus hijos, les han llevado al hospital para que sigan la terapia y les han ayudado a crecer, ha ayudado a reconstruir una relación de confianza entre adultos y adolescentes.

En los casos más difíciles, que presentaban una carga viral en aumento tras años en que estos niños gozaban de buena salud y tomaban correctamente la terapia, decidieron poner en marcha una actuación de acompañamiento de un activista como referente y se programaron frecuentes visitas a domicilio para ayudar a toda la familia.

Más tarde empezaron los «sábados para los adolescentes»: parte del personal sociosanitario de los centros DREAM, de manera voluntaria, decidió dedicar el último sábado del mes a abrir el centro y dedicar todo el día a actividades especiales para los adolescentes. Tener un día reservado para los jóvenes tuvo un efecto muy positivo. Los chicos ya no tenían que perder un día de colegio (el sábado no hay escuela) y estar con jóvenes de su edad hizo que el lugar fuera más acogedor y «a medida» para ellos.

Los centros cambian de aspecto esos sábados: cientos de jóvenes se «adueñan» de ellos. Desde primera hora de la mañana hasta la hora de cerrar se pueden ver a jóvenes que juegan a ajedrez, al balón, hablan entre ellos, participan en encuentros de educación sanitaria que imparte el personal sanitario y meriendan juntos.

Pertenecer a un grupo, algo fundamental en esta fase del crecimiento, da fuerza, ánimos, entusiasmo y ganas de vivir. A veces invitan a participar a jóvenes más grandes que habían sido adolescentes de DREAM y que son un ejemplo de historias de éxito social y terapéutico, como G. y F., que se casaron hace poco. G. trabaja como electricista en una importante empresa del país.

Con la multiplicación de los sábados de DREAM cada vez más jóvenes han empezado a venir al centro incluso cuando no tenían visita concertada. Saben que no están solos para hacer frente a la difícil situación de ser seropositivos y han empezado amistades preciosas. Este grupo ha fomentado la recuperación de jóvenes con situaciones sociales más difíciles, como Ak.

Estar juntos, formar parte de un grupo, de una familia donde uno se siente acogido, hace que surjan nuevas ideas y ocasiones de amistad, como la que propusieron T. y R., que tenían muchas ganas de hacer una excursión para ver los animales de la sabana que hay en Malaui. Así pues, ahorrar durante unos meses para pagarse el transporte hasta el parque de Chickwawa, que está al sur del país… preparar bocadillos para comer juntos… una ayuda para pagar la entrada con una tarifa reducida y… el 4 de noviembre 75 adolescentes fueron de excursión juntos para conocer su país, que sin duda mañana será un país mejor gracias, entre otras cosas, a su contribución en construir una sociedad más humana e inclusiva.

 

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