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El origen del programa DREAM

Una vez alcanzada la paz en Mozambique, la Comunidad de Sant’Egidio se dio cuenta del creciente drama del sida en el país: muchas personas morían, entre ellas, muchos jóvenes y también miembros de la Comunidad. Para el mundo científico, para los gobiernos locales e incluso para la misma Organización Mundial de la Salud la única respuesta posible al VIH/sida en África era la prevención.

El fracaso de ese planteamiento, aparentemente muy económico, si bien poco científico, quedaba patente por el creciente número de muertos en toda África, por la impresionante reducción de la esperanza de vida en los países afectados y sobre todo por la imposibilidad de contener la infección. Por otra parte, y a pesar de las campañas de educación sanitaria, aumentaba el estigma y el rechazo hacia los enfermos y muchas veces también hacia sus familias. Un pueblo, como el mozambiqueño, continuaba sufriendo incluso con la paz. Un grupo de médicos-investigadores pertenecientes a la Comunidad de Sant’Egidio, partiendo del evidente fracaso de las decisiones sanitarias tomadas hasta el momento, lanzó la hipótesis de que la prevención debía ir unida a la terapia, como su complemento natural para reducir la infección. De esa convicción, y con sólidas bases científicas, empezó ya en 1999 un trabajo de presión sobre el Gobierno mozambiqueño para que legalizara el uso de la terapia en el país y permitiera importar los fármacos antirretrovirales que se utilizaban en el mundo occidental. Hasta entonces, eso no era posible en el país. Las autoridades manifestaron dudas y temores comprensibles: una iniciativa similar en Sudáfrica se había agotado rápidamente y había conllevado consecuencias sociales muy problemáticas. ¿Qué garantías podía dar la Comunidad en el plano de la continuidad y de la sostenibilidad al menos a corto plazo? ¿Quién iba a financiar y mantener una línea de intervención fracasada ya en la línea de salida y que los actores competentes en ámbito nacional e internacional ni siquiera se planteaban?

Empezó entonces una negociación con las autoridades mozambiqueñas y al mismo tiempo una acción de análisis del problema del sida a través de la asistencia a domicilio a los enfermos y el tratamiento de las infecciones oportunistas. La petición de introducir la terapia recibió muchas negativas, pero tras dos años interminables para los enfermos, gracias a los grandes méritos logrados por la Comunidad en la mediación de paz, llegó el primer sí a aquellos italianos, muy soñadores y aparentemente poco realistas. Es cierto que no había un plan financiero, pero sí había aquella insistencia de la viuda “evangélica” que pide justicia a los jueces de este mundo y del amigo inoportuno que logra que se abra una puerta que jamás se habría abierto en aquella noche oscura. Finalmente, en 2002 se puso en marcha el primer centro DREAM para la prevención y el tratamiento del sida, en el Hospital de referencia para la tuberculosis, nuevo lazarillo de la época moderna, en los suburbios de Maputo. Estaba allí para que no se viera mucho, para que no fuera fácil llegar y no interfiriese con los programas sanitarios del país. Un centro en la periferia geográfica y también humana para la vida de muchos enfermos que empezaron a ir allí.

El papa Francisco indica la periferia, eje permanente de la vida de la Comunidad, como punto de partida para cambiar el mundo. Para la Comunidad de Sant’Egidio también era una periferia desde donde partir para invertir la decisión que impedía la difusión de la terapia antirretroviral en África.

La nuestra era y es una visión. Y todo aquel que sigue la fuerza de una visión cambia el mundo y se libra de repetir y de conservar lo que ya existe.

Así, desde la periferia, DREAM dio sus primeros pasos con el convencimiento de que no se podía aceptar una idea absurda, aunque por aquel entonces ampliamente compartida: que había que dejar a África con sus 30 millones de enfermos de sida sin terapia, algo que en pocos años se convertiría en un genocidio. Había que trabajar para demostrar que la terapia antirretroviral era posible con el mismo nivel de calidad, de excelencia y eficacia que se alcanzaba en los países occidentales.

Al trabajo pionero de DREAM en el tratamiento del sida en el continente se le unieron solo algunas voces del mundo científico internacional que eran conscientes de que se podían introducir los programas de tratamiento en África. El presidente de la International AIDS Society, Joep Lange, se manifestó en ese sentido en la Conferencia Internacional sobre el sida de Barcelona, en 2002: “Si somos capaces de llevar Coca-Cola fresca a cualquier rincón de África, no debería ser imposible hacer lo mismo con los fármacos”.

Empezaron, con el tiempo y la evidencia de la experiencia, a tambalear las inamovibles posturas de las agencias internacionales que al principio ni siquiera se planteaban la posibilidad de introducir la terapia en los países en vías de desarrollo.

DREAM nació precisamente para hacer frente al sida en territorio africano, para hacer posible, y accesible, no solo la terapia antirretroviral, sino también todo el conjunto de medidas y factores que pueden hacer que sea eficaz. Se trata, en particular, de la educación en salud, el complemento nutricional, el diagnóstico avanzado, la formación del personal y la lucha contra la malaria, la tuberculosis, las infecciones oportunistas y sobre todo la malnutrición.

La terapia ha hecho incluso que la misma prevención sea más eficaz. Hoy hacerse la prueba ya no provoca miedo, angustia de conocer lo que antes era una sentencia de muerte anticipada: saber se convierte en protegerse a uno mismo y a los demás. Las mujeres, marginales y marginadas también a causa de la enfermedad, se convierten en el centro de una nueva conciencia, representan la posibilidad de reaccionar y vivir, el inicio de una nueva vida. Con ellas, también los hombres, el pueblo, los vecinos. Los niños, que nacen sanos, ya no se suman a los millones de huérfanos, destinados a las calles o a familias de abuelos y niños, sin generaciones intermedias.

Sorprende el impresionante éxito del Programa, su rápida difusión en África y la influencia que ha ejercido en gobiernos y agencias internacionales para que modifiquen su actitud hacia las terapias antirretrovirales. De hecho, los resultados obtenidos han desempeñado un papel importante también ante la Organización Mundial de la Salud, que ha modificado los protocolos terapéuticos para África.

Es indudable que DREAM ha demostrado su fuerza en ámbito científico. No hay más que pensar en la solidez de la cultura de sus miembros, no solo gente de buena voluntad, no utópicos soñadores, sino conscientes portadores de certezas científicas que han madurado con el estudio y la investigación sobre enfermedades infecciosas. La eficacia del Programa se ha basado en la aplicación práctica en África (con enfermos y con la ayuda de profesionales africanos) de los protocolos terapéutico-diagnósticos que se utilizan habitualmente en Occidente. Se puede decir que una gran parte del éxito de DREAM se debe a la original compenetración entre el componente científico-académico y el de aplicación práctica.

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