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17/10/2006

Movimiento de los activistas

En todos los centros DREAM, junto al personal médico y paramédico, hay activistas que constituyen un recurso indispensable para el éxito del programa. Son grupos más o menos numerosos de hombres y mujeres del lugar a los que nuestro trabajo les ha transformado la vida y han decidido comprometerse a trabajar en favor de los pacientes que se presentan en nuestros centros. Una gran parte de ellos son enfermos, aunque no todos. Son nuestros “activistas”.

Su experiencia nace del hecho que, a lo largo de estos años, DREAM ha constituido un enfoque nuevo ante el problema que plantea la difusión de la epidemia de sida en África. Se ha querido mirar no tanto a aquello que, de manera un tanto pesimista y resignada, parecía posible y realista hacer, sino a la realidad verdadera de África y de los africanos, a sus necesidades y a su fuerza, a la vida que bate en el continente, a las personas, a los hombres y a las mujeres, a los niños, y, por tanto, a la posibilidad –esta sí, real– de alargar la vida, a la posibilidad –esta sí, realista– de suscitar y hacer crecer energías nuevas de esperanza y de compromiso.
Para DREAM, que quiere reflejar el modo de ver y de sentir de la Comunidad de Sant’Egidio, el encuentro con el problema del sida no ha sido sólo el brusco impacto con una emergencia, con una injusticia. Aquel encuentro ha significado ante todo el encuentro con personas, con personas concretas. Los enfermos expresaban su necesidad de curación y de salvación, sin duda; pero también eran personas que dejaban entrever su deseo de un futuro recuperado, de una plenitud de vida que querían alcanzar; personas que hacían intuir, además de la debilidad y la dificultad del presente, grandes recursos potenciales de trabajo y de participación más amplios, de esperanza y de lucha no sólo para uno mismo sino también para todo un continente al que le son robados los años y la vida.

Esa conciencia de las enormes potencialidades de rescate de los africanos se ha reforzado con el tiempo, a medida que los primeros pacientes del programa empezaban a estar mejor y a pedir si podían trabajar junto con los miembros europeos y africanos de DREAM para que el tratamiento que se estaba configurando como una posibilidad llegara al mayor número de personas. Así se produjo, en un crescendo espontáneo, la participación de muchos enfermos sometidos a la terapia antirretroviral –que al principio sólo eran algunos de los primeros pero luego, poco a poco, se fue convirtiendo en un número cada vez mayor– en un contexto amplio y generoso de activistas ansiosos por sostener y difundir el programa. Hombres y mujeres que habían visto cómo les devolvían la vida, sentían el deber de vivir a su vez una vida de devolución y de don, una vida que estuviera al servicio de un movimiento de esperanza y de renacimiento. 

Este movimiento –presente en todas las localidades en las que está DREAM presente– es especialmente intenso en Mozambique, el país en el que DREAM hizo sus primeros pasos. Allí, la asociación de las activistas asociadas al programa nació en diciembre de 2003 con el nombre de “Mulheres para o dream”, “Mujeres para el sueño” (aunque también hay hombres que se han unido a su trabajo, y algunos han propuesto cambiar el nombre de la asociación por el de "Humanidade para o dream"). Estos hombres y estas mujeres que sueñan no son voluntarios al modo occidental, sino más bien trabajadores regularmente retribuidos que forman parte del programa y que llevan a cabo una función insustituible de apoyo y asesoramiento. El trabajo de los activistas es una etapa más del proceso de tratamiento cuya importancia no es menor que la de la terapia propiamente dicha.
Los activistas y las activistas de DREAM difunden un mensaje simple pero decisivo: “el sida se puede tratar”. Las “Mulheres para o dream” –que en la actualidad ya son varios cientos en Mozambique– acogen a los que llegan por primera vez, lo animan, lo ayudan a confiar, a empezar y a seguir la terapia antirretroviral o a tratar a sus hijos. A veces hay niños que llegan a nuestros centros, niños a menudo huérfanos, cuidados por sus abuelos o por vecinos. Las activistas se ocupan de esos niños como si fueran sus madres. Sobre todo, luchan contra el estigma y la marginación que acompañan a la enfermedad; atestiguan con sus palabras y con su vida que el sida no es una condena a muerte, que es posible una "resurrección", que el futuro sigue abierto, para ellos y para sus seres queridos.
Algunos, hablando, se conmueven, recordando una historia personal de sufrimiento y de abandono, una historia que hizo de repente un cambio positivo cuando se encontró con el programa de Sant’Egidio. De ahí la superación del miedo al estigma. Los activistas han recuperado, junto con la salud física, la dignidad y su papel social. Ya no niegan tener una enfermedad que antes de la terapia significaba la condena a una doble muerte, primero social y luego fisiológica, sino que se convierten en aliados más tenaces y convincentes del programa de lucha contra el sida de DREAM. Llevan en su cuerpo los signos de la eficacia de la terapia antirretroviral y aceptan compartir con los demás su experiencia, realizan una especie de contagio “al revés”, una propagación de esperanza y de confianza en el tratamiento.
Aquí hay que insistir en la extraordinaria importancia de la figura del activista, tanto para el éxito de DREAM como para la salvación de una figura tradicional subordinada: la mujer africana ante la sociedad.
Las activistas han representado para nosotros ante todo una ayuda formidable, insustituible, que nos ha permitido poner en marcha un modelo nuevo de tratamiento del sida en África, un modelo que ha terminado superando el perfil meramente médico y se ha transformado en un enfoque global que se hace cargo de toda la asistencia del enfermo y persigue para él (para ella) la excelencia en el tratamiento.
La sinergia entre el trabajo de los activistas de DREAM y el del personal médico representa una de las características del programa que más garantizan su eficacia. Los activistas de DREAM, tras una larga formación, llevan a cabo una inestimable acción de educación sanitaria igualmente extensa, que va mucho más allá de las simples nociones sobre el virus VIH y termina por abarcar muchos otros aspectos de la vida: la alimentación, el asesoramiento nutricional con especial atención al destete de los lactantes, la higiene de la casa y de las personas, la prevención de las patologías infecciosas, con la recomendación, por ejemplo, del uso de mosquiteras o de filtros para la potabilización del agua, y muchas otras cosas.
Su trabajo no se limita al centro DREAM, sino que se hace itinerante y llega al tejido social de su barrio o de su población, o de los barrios y de las poblaciones cercanos, allí donde a veces no conocen todavía la posibilidad de seguir un tratamiento contra el VIH, para informar y sensibilizar, pero también para apoyar y animar a los enfermos que ya han empezado la terapia antirretroviral, para ofrecerles apoyo humano y psicológico, para controlar que observan las prescripciones farmacéuticas. Todo ello es fundamental para reducir el índice de abandono o para evitar una pobre adherencia al programa.
Pero además, la asociación se ha convertido para muchas mujeres que se habían visto marcadas por la exclusión y por el estigma en un camino de reinserción a la vida, así como la recuperación de una dignidad económica, cultural y social: vuelven a trabajar, encuentran sentido y fuerza para ayudar a los demás, se convierten en sujetos activos de una transmisión de conocimientos y de praxis, de una revolución de mentalidad. La mujer pasa de ser la principal víctima del sida (en todos los países africanos el porcentaje de seropositividad de las mujeres es superior al de los hombres) a una protagonista de la liberación de la enfermedad, un instrumento de formación de conciencias, un testimonio para una mayor concienciación del derecho al tratamiento, en definitiva, una riqueza para su país.
Hoy, con la expansión y el arraigamiento de DREAM en algunos países africanos, el papel de los activistas se ha convertido gradualmente en un papel cada vez más público. Nuestras activistas, invitadas a hablar en debates públicos, en transmisiones radiofónicas, entrevistadas por los principales periódicos nacionales, llamadas para dar charlas o para explicar su testimonio ante auditorios cada vez más numerosos, han revelado la gran fuerza de cambio que el renacimiento de la esperanza libera siempre en un ser humano y han abierto el camino para un profundo y radical proceso de concienciación. Muchos, al oír hablar con fuerza, convicción y competencia a hombres y mujeres con títulos de estudios a menudo mínimos, han tomado conciencia finalmente de problemas hasta entonces relegados a un rincón oscuro del debate nacional, o, todavía, en la cómoda postura de su propia resignación. El testimonio de una curación personal, de una “resurrección” personal, recorre un circuito cada vez más amplio y se convierte en figura, metáfora, de una curación más general, de una “revolución cultural” destinada a llegar a todo el continente africano.