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Category Page: Storie

Una historia de Mozambique
Ser anciano en África: la generación que cuida el futuro

Conocemos a Joana, una mujer mozambiqueña muy anciana, desde el inicio de la historia de DREAM en Maputo.

De hecho empezamos a ir a su casa –más bien dicho, su cabaña de cañas y barro– en 2001, antes de que abriera en Machava el primero de los centros DREAM de África, cuando la Comunidad de Sant’Egidio todavía no había puesto en marcha en Mozambique ningún ambulatorio, ningún laboratorio… Por aquel entonces todavía el tratamiento no estaba totalmente disponible, había mucho sufrimiento y mucha desesperación, aunque ya se respiraba aquella amistad entre los voluntarios europeos y los enfermos africanos que luego se plasmó y se perfeccionó en DREAM.

El primero que conocimos aquellos días fue Luis, el yerno de Joana, el marido de su hija Julieta.

Estando ya muy enfermo, Luis fue el primer paciente al que acompañamos con una premurosa y fiel asistencia a domicilio hasta el final, hasta su muerte.

Tras su funeral resultó algo natural no abandonar aquel vínculo que había nacido con su gran familia, numerosísima, y aún más porque Julieta estaba enferma. Así pues, uno tras otro, empezamos a ir a casa de Joana.

La casa de Joana siempre estaba llena de gente, muchas mujeres, muchísimos niños y pocos hombres. Entre todos ellos Joana destacaba coma una verdadera matriarca, como el verdadero punto de referencia para hijos, nietos y biznietos. El motivo era sencillo: su edad.

Una edad desconocida, ya que ni siquiera la propia Joana sabía con exactitud cuántos años tenía, aunque era sin duda una edad muy avanzada. Debía tener al menos unas ochenta primaveras, cuando en África uno ya es considerado “viejo” a los 40. Por eso nadie la llamaba por su nombre; todos se dirigían a ella con el apelativo avó, es decir, abuela.

Ir a casa de Joana, en Matola Rio, no era tarea fácil. El pueblo está bastante lejos de Maputo, a una hora aproximadamente en automóvil, y la última parte del trayecto no es más que un camino de barro. Además, la casa es muy pobre; tiene dos ambientes que por la noche se transforman en grandes esteras hechas de cañas y de telas sobre las que duermen unas quince personas. La cocina está fuera; tiene una gran cazuela en la que preparan la nsima (harina de trigo de maíz) o arroz. No hay agua ni corriente eléctrica. El baño está un poco aparte, y está formado por cuatro paredes de caña recubiertas de telas viejas.

En este pobre entorno Joana es una mujer realmente especial. Cuando nos veía se ponía de pies, nos sonreía y empezaba a hablar como un tren.

No dejaba de hablar ni un momento, pero el problema era que nos hablaba en shangane, la lengua que se habla en el Mozambique meridional, y no portugués… No entendíamos ni una palabra. Bueno, en realidad, poco a poco aprendimos dos palabras: makinina, que significa medicina, y kanimambo, que significa gracias.

Con el paso del tiempo, en efecto, la boca de Joana repitió cada vez más las palabras makinina y kanimambo a medida que Julieta primero y otros cuatro miembros de la gran familia de esta abuela mozambiqueña después, hicieran la prueba del virus VIH, dieran positivo y empezaran el tratamiento en el programa DREAM.

Hay que tener en cuenta que no era algo normal o insignificante que Joana nos hablara tanto de medicinas… En tierra, ante su cabaña, extendidas sobre las capulane (las telas típicas africanas, según el nombre que reciben en Mozambique), había hierbas, raíces, semillas, patas de animales, piedras, conchas, huesos… en definitiva, cosas de lo más extraño secándose al caliente sol africano. Joana misma las utilizaba. Para “curar”. Joana era una curandeira. Venía gente desde muy lejos para que ella les “curara”. Toda la vida había hecho aquel trabajo y gracias a él podía dar de comer a todos.

Pues bien, precisamente Joana, esta curandera tradicional que tenía “su” medicina, había entendido poco a poco que el sida solo se puede tratar con las medicinas de DREAM (o con otras similares, lógicamente), y por eso prestaba una gran atención para que su hija y las demás personas de su familia que seguían el tratamiento tomaran siempre las pastillas correctamente y siempre a la misma hora. Joana había visto morir a demasiada gente, y por desgracia también a hijos e hijas, nietos y biznietos (para estos el tratamiento con los antirretrovirales había llegado demasiado tarde), como para no conocer perfectamente el valor inconmensurable de aquellas píldoras que podían realmente curar y salvar.

Ahora en casa de Joana viven 14 personas. Casi todos son niños que, como tantos otros niños africanos, son confiados a un abuelo o a una abuela, el único pariente que ha sobrevivido a la terrible epidemia del sida. Muchas madres, muchos padres, ya han desaparecido, y son los abuelos como Joana, la generación más anciana, los que se ocupan de los más pequeños, los que velan por su futuro, el futuro de países enteros. Joana se preocupa por ellos, envuelve con cariñoso apremio sus pequeñas vidas, y espera que al menos el año próximo puedan ir a la escuela. Nosotros veremso cómo ayudarles…

La historia de Joana es –eso nos parece– una historia emblemática.
Una mujer anciana, que ha sufrido mucho, que ha vivido de manera pobre, que ha confiado durante mucho tiempo en una sabiduría tradicional, en la fuerza de los vínculos de familia. Una mujer que no se ha lamentado, sino que ha apretado los dientes, se ha armado de valor y ha hecho acopio de todas sus fuerzas para salir adelante. Una mujer sobre cuyas espaldas ha recaído el peso de muchas dificultades –y han sido pocos los hombres que la han ayudado–, desde las pequeñas de la vida cotidiana hasta las grandes de la historia, del colonialismo portugués, de la terrible y sangrienta guerra civil, del sida. Pero que ha resistido a pesar de todo. Por ella y por los niños más pequeños.

Esta mujer anciana es Joana… pero también es África, el continente más viejo (la humanidad nació entre aquellas selvas y aquellas sabanas, y todos nosotros somos descendientes de una vieja abuela como Joana, es la Lucy de los antropólogos, o Eva, si queremos), un continente que debe hacer frente a grandes dificultades y que ha sabido revelar una energía increíble, una enorme reserva de vida y de fuerza. Joana es, de algún modo, la imagen de la misma África. De una África que resiste, que sabe cambiar, si hace falta, a pesar de su edad, que no renuncia a su futuro, sino que lo custodia con amor y con confianza.

Las mujeres en África son África, sin ellas todo sería imposible. Generación tras generación, continúan cargando con la sublime y difícil misión de proteger y transmitir la vida. Joana confía para ello en sus fuerzas, pero también en sus nuevos amigos. Dice que no está cansada: está feliz, porque su familia mejora. Joana, la curandeira, hace propaganda de DREAM, de la makinina que la ayuda en su esfuerzo de preservar la vida y el futuro de sus seres amados.

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Entrevista a Pacem, ex activista de DREAM y actual coordinador del centro de Mthengo wa Ntenga (Malawi)

¿Cómo y cuándo conociste DREAM? 

Conocí DREAM en agosto de 2005. Tras haber hecho la prueba del VIH y haber dado positivo.
En realidad yo estaba bien. Entonces, el que estaba muy enfermo era mi marido. Yo intentaba que se visitara, lo animaba, le decía que era muy importante que siguiera un tratamiento. Pero él no quería ir, tenía miedo. Entonces decidí hacer yo el primer paso, conmigo misma, porque amaba la vida de mi marido. Era para ayudarle. Era una manera de hacerle entender que podía conocer su estado de salud, que no era demasiado complicado, que no era un problema.
Pero aquella visita fue un choque para mí, una prueba terrible. Yo era seropositiva, tenía el sida. Iba a morir pronto. Después de la visita y la prueba lo único que pensaba era: “¡Mi vida ha terminado!”.
Informé a mi marido sobre mi situación. Para mí no fue nada fácil, y tampoco convencí a mi marido para que se visitara, aunque él estaba realmente mal. Al contrario, comprensiblemente, estaba todavía más asustado. Pero no me desanimé, no me rendí. Continué animándole e insistí. Me había informado un poco, y le expliqué historias de personas con sida que habían empezado una terapia y que estaban mejor.
Al final mi marido aceptó ir a hacer la prueba. Lo acompañé a la visita, y estaba con él cuando le comunicaron que era seropositivo. Pobre, ¡estaba desesperado!
Entonces se abrió una fase muy difícil en nuestra vida. Problemas de salud, problemas económicos…
Mi marido estaba mal y teníamos que conseguir dinero para comprar el tratamiento antirretroviral en el hospital estatal, medicamentos que costaban 2.500 kwacha malawianos (al cambio actual, 11,50 euros). Hacíamos cuanto podíamos, para salvar la vida de mi marido, pero no era fácil. Por si fuera poco, en el mismo periodo me comunicaron que debía dejar de amamantar inmediatamente a mi hija (tenía una niña de menos de un año y la estaba amamantando). Para mí todo resultaba extremamente difícil. ¿Qué iba a dar de comer a mi hija? El poco dinero que conseguíamos era para comprar los medicamentos de mi marido.
Entonces uno de los médicos del hospital estatal me habló de DREAM. Yo me había armado de valor y le había explicado mi, nuestra situación: que teníamos problemas, que necesitábamos ayuda. Entonces él me indicó la dirección del centro DREAM. 

¿Qué te sorprendió de DREAM? 

En primer lugar, que me acogieron muy bien. ¡Aquello no me parecía un hospital! Tanto por su exterior, como porque la gente que conocí aquel día, en aquel centro un tanto especial, era gente que afirmaba estar dispuesta a ayudarme en todo lo que mi situación de salud requería.
Di mis datos y me citaron para hacerme análisis de sangre y para las visitas médicas. Acto seguido empecé a tomar también yo los antirretrovirales, junto con mi marido.
Entonces dejé de tener miedo de las citas, de las visitas. Al conocer a médicos, enfermeros, pacientes, todos atentos conmigo, empecé a sentirme animada, más serena. Empecé a pensar que realmente el hecho de ser seropositivo no era por sí mismo una condena a muerte. Cada vez me daba cuenta más claramente que recibiendo la terapia adecuada, todos nosotros, los enfermos, podíamos tener una vida por delante.
Apenas empezar a seguir la terapia –mejor dicho, al cabo de unas semanas–, vi en mí un gran cambio. Antes no salía a trabajar, no podía ni siquiera hacer el trabajo de casa. Todo me cansaba, me parecía una fatiga enorme. Estaba cansada día y noche. En cambio, los medicamentos me daban fuerza, me devolvían la energía para hacer lo que debía hacer. Pero también, añadiría, me devolvían la confianza en mí misma y en mis posibilidades.
Así, cuando hicimos la prueba a mi hija y dio positivo, me sentí preocupada por ella –era natural–, me sentí preocupada porque en mi familia todos estábamos enfermos, pero al mismo tiempo, no me sentí desesperada. Había hecho el counselling, por lo que sabía que se podía hacer algo, que aquello no era el final.
Mi hija estaba muy enferma, pero también ella, apenas empezar la terapia, empezó a estar mejor, a jugar y a crecer normalmente. No había comparación respecto de cómo había estado antes.
Querría añadir –volviendo a mí misma– que el cambio enorme que veía en mí respecto al pasado no era sólo algo mío, personal. Se podía ver externamente. La gente ya no me reconocía, en comparación a antes, y casi podría decir que admiraban el espectáculo de mi transformación, el hecho de que estaba mejor. Es decir, no sólo que me encontraba mejor… Admiraban también el hecho de que hubiera podido salir del abismo en el que había caído tan hasta el fondo, e incluso pudiera decir a los demás palabras de esperanza, de ánimo, de fuerza.
 
¿Qué ha hecho DREAM para tí? 

Diría simplemente que DREAM se hizo cargo de mí cuando yo no era nada y me ha traído hasta donde estoy ahora, hasta lo que soy ahora. En el fondo he vivido una experiencia simple, pero extraordinaria, fundamental: he pasado de la nada de la muerte al todo de la vida. De la vida para mí y para los demás.
Y es como si DREAM hubiera luchado por mí, para que todo esto sucediera, para que la vida volviera a correr en mí. DREAM me ha devuelto la vida, me ha devuelto la esperanza, me ha dado toda la valentía que necesita una persona. O al menos la valentía que yo buscaba, aquella valentía que no había recibido nunca, pero que encontré aunque era –y sigo siendo– una persona seropositiva, y por tanto, marcada por la debilidad.
Toda mi vida ha cambiado a causa del programa DREAM. Y gracias a ese cambio antes era una activista y ahora soy una coordinadora. 

¿Cuál es la importancia de los activistas en DREAM? 

En el programa los activistas tienen un papel muy importante.
Son los ojos y las orejas de nuestros centros, pero también las piernas y las manos de nuestros pacientes. Son aquellos que entienden mejor –porque están en contacto directo con los pacientes– los problemas y las preguntas de los que llegan a nuestros centros. Y al mismo tiempo, son el instrumento a través del cual aquellos mismos pacientes pueden mantener un contacto continuo con DREAM. Si en alguna ocasión aquel contacto se interrumpe, de hecho, los activistas lo restablecen, pues van a ver a los que dejan de venir, van a ver a los que tienen dificultades concretas, van a explicar mejor lo que no está totalmente claro.
Ese es el sentido del trabajo de educación sanitaria que todos nuestros activistas llevan a cabo, tanto en los centros como a domicilio, tanto en el counselling en Mthengo como en los pueblos de las zonas rurales de los alrededores. Los activistas están al servicio de los pacientes cuando les enseñan algo, cuando les permiten saber algo más sobre su salud, sobre los fármacos que toman, sobre las citas a las que deben ir.
En realidad la educación sanitaria es una de las cosas que cambia más la vida de la gente, y por tanto, de nuestros pacientes. Son muchos los que no imaginan el peso que, para bien y para mal, tiene la higiene personal o las decisiones nutricionales en la vida de cada uno. Muchos no saben cómo mejorar la dieta o las condiciones higiénicas de sus viviendas, pero sobre todo no saben que todo eso puede ser determinante, de manera positiva, para su vida. Pues bien, todo eso se explica –precisamente lo hacen los activistas– en el momento de la acogida en el programa DREAM o en los momentos de espera en el centro. Y todo eso marca la diferencia para muchísima gente. Impartiendo educación sanitaria hemos descubierto que podemos captar el interés, el aprecio, el afecto de muchos pacientes. 

¿Qué significa ser un activista de DREAM?
 

Ser activista de DREAM significa dar un testimonio a los demás. De lo que has vivido y de lo que has visto. Esa es la diferencia principal entre quien es un activista de DREAM y quien es sólo un paciente de DREAM.
Cuando das un testimonio y este testimonio es eficaz, un paciente puede realmente empezar a creer que hay un futuro, para él o para ella. Puede empezar a tener confianza en el hecho que si empieza una terapia todo irá bien.
Hay que decir, por otra parte, que el testimonio que damos no se dirige sólo a los pacientes. Quiere llegar también a las personas externas, aquellas que no están enfermas, para que puedan cambiar su opinión ante los seropositivos.
Yo creo que nos debemos poner en pie. Aún más. Debemos testimoniar en voz alta lo que tenemos dentro, lo que hemos recibido, lo que hemos entendido. Debemos hacer claramente el primer paso, los primeros, ante todo el mundo. Así los demás podrán hacer un paso hacia nosotros. 

¿Cuáles son las principales dificultades del trabajo de un activista? 

Aquí en Malawi todavía hay creencias tradicionales en los pueblos, en las zonas rurales. Algunas personas, por desgracia, son acusadas de brujería, por ejemplo. Ese es el primer y mayor problema.
Muchos necesitan recibir una educación específica sobre qué implica ser seropositivo y el sida. No creen que haya un virus VIH. Piensan que alguien puede echar un mal de ojo. Piensan que una brujería puede provocar una enfermedad, que alguien puede querer hacerte daño, o aprovecharse de tu muerte hasta el punto de convencer o pagar a algún brujo para que actúe contra ti. Así, en el pueblo, si alguien está mal, no piensa que puede estar infectado de algún modo, sino que otros sienten envidia de él o que han pensado poderse apropiar de sus bienes una vez muerto.
Una ignorancia así de las verdaderas causas de una enfermedad tiene como primera consecuencia que, para sanar, en lugar de ir al hospital, uno busca a un “médico tradicional”. Alguien que te ayudará a sanar –eso piensan– con métodos iguales y contrarios a los de los brujos. Se trata de una práctica muy extendida. Hasta el punto de que todos los pueblos tienen curanderos, pero no hospital; y hasta el punto de que la medicina tradicional cuesta mucho menos que la farmacéutica.
Pero esta práctica crea enormes dificultades para aquellos que intentan continuar con su lucha contra el sida –como por ejemplo, nosotros, en los centros DREAM–, porque no pocos pacientes vayan al centro de salud, o vengan a nuestros centros DREAM, sólo cuando están en una situación extremamente complicada, cuando están muy, muy enfermos. A menudo, en el pueblo, la hipótesis de una visita al centro de salud más próximo es vista como la última posibilidad, la que se intenta después de que todas las demás han resultado ser callejones sin salida.

¿Qué se puede hacer para este mundo de los pueblos? 

Sin duda, mucho. Y nosotros estamos trabajando para este desafío.
Estamos haciendo una gran campaña de educación sanitaria, en particular en los pueblos próximos al centro DREAM de Mthengo, para contrarrestar todo aquel problema cultural y de mentalidad del que acabo de hablar. Por ejemplo, en el pueblo de Mpote, donde organizamos en colaboración con el jefe del pueblo auténticas “conferencias” al aire libre para explicar a la gente lo que se sabe sobre el VIH, para explicar cómo se puede provocar la infección, pero también para explicar que se puede estar mejor si uno procura cuidarse.
Estas lecciones produjeron resultados importantes, creo. Nosotros vemos con alegría que, después de haber hecho tanta educación sanitaria, un número cada vez mayor de personas viene a hacerse la prueba desde los pueblos, para conocer su estado de salud, mientras que antes en nuestras lecciones era más bien raro que alguien viniera a vernos espontáneamente. DREAM ha salvado muchas vidas. Ahora la gente de los pueblos empieza a entender, a darse cuenta. Las creencias en la brujería pierden terreno, y muchos se fían de lo que puede salvarles realmente. 

¿Qué tipo de educación sanitaria hacéis en DREAM? 

Una educación sanitaria que involucre a los pacientes. Nuestro problema es involucrar a los pacientes.
Por eso, durante la educación sanitaria, los pacientes pueden intervenir, discutir. Es un grupo de trabajo –el nuestro– en el que los pacientes contribuyen con sus dudas, sus preocupaciones y sus problemas. A nosotros nos interesa que nos digan lo que sienten, lo que piensan…, por ejemplo cuáles son las cosas que deberían mejorarse, o si tienen problemas para llegar al centro, o si son víctimas de discriminación en su pueblo.
Nuestra educación sanitaria, además, no es abstracta. Si vemos que algunos pacientes no están muy interesados, que se distraen… pues cambiamos el tema de discusión previsto para el día, porque tenemos que estar seguros de que todos quieren escuchar. O bien cambiamos nuestro enfoque, nuestra manera de dirigirnos a aquellos pacientes. Nuestro objetivo es que los pacientes entiendan exactamente lo que estamos intentando explicarles.
En definitiva, nuestro objetivo –como DREAM– no es sólo el de curar a quien está enfermo. Nosotros queremos conquistar a los pacientes. Conquistar su atención, su vida, dejarnos involucrar e involucrarlos en una esperanza y en un trabajo común.
Así pues, ¿se trata de algo más que una simple educación sanitaria?
Yo siempre digo, a las activistas con las que trabajo, que su principal esfuerzo debe ser el de construir una amistad fuerte con los pacientes que conocen, porque para nosotros ellos son algo más que enfermos que necesitan asistencia o ayuda, ¡son amigos!
Nuestros pacientes deben poder depositar toda su confianza en los activistas. Deben poder saber que si dicen algo al activista, guardará el secreto. Deben poder contar con ella –o con él– en cualquier caso. Deben sentir que es ella –o él– la que puede darles esperanza, la que puede darles todo el ánimo que necesitan, que pueden ayudarles en el momento de necesidad. Por eso lo primero que hay que hacer es construir una amistad más fuerte.
Gracias a la amistad muchos pacientes terminan viendo de manera muy distinta el hecho de seguir un tratamiento en un centro DREAM. Entienden que han encontrado una familia, además de las medicinas, de haber encontrado amigos con los que hablar, madres, hermanos, hermanas. Entienden que han encontrado a alguien junto a quien poder buscar respuestas y soluciones a sus preguntas y a sus dificultades. Juntos.
Estar juntos es una característica de DREAM. Junto a los enfermos… junto con los demás activistas. ¿Cómo nació y qué es el movimiento de los activistas, “I DREAM”?
El movimiento nació como “Women for a Dream”, Mujeres para un sueño. Nació escuchando a los pacientes, especialmente a las mujeres, como una respuesta a una necesidad que tenían de estar juntas, para ayudarse mutuamente. Nació escuchando sus opiniones, sus consideraciones, solicitando que emergieran sus puntos de vista sobre las cosas e intentando luego responder las exigencias que habían surgido.
Al inicio tuvimos un gran número de mujeres inscritas, y pocos hombres, pero con el paso del tiempo hemos visto una mejora, es decir, muchas más personas, y ahora también muchos hombres participan en el movimiento.
Este es un hecho muy importante, creo. Es el signo de que la gente está empezando a entender de qué se ocupa el movimiento, que está empezando a ver su utilidad y sus frutos. 

¿Pero cuál es vuestra labor concretamente? 

Sobre todo, trabajamos mucho en los pueblos. Alguien de “I DREAM” pide a los responsables del pueblo permiso para hablar a la gente reunida en asamblea. Se concede el permiso y a partir de ahí, de estos encuentros, nace todo. De ahí nace la particular relación que se establece entre DREAM y sus activistas por una parte, y un determinado pueblo y sus enfermos por otra.
Muchos han explicado que los encuentros que hemos organizado les han emocionado y les han animado. Eso, para nosotros, es un motivo de orgullo y, sin duda, una enorme responsabilidad porque tenemos pacientes que provienen de unos cincuenta pueblos–, pero diría que es también una extraordinaria oportunidad. Si en un pueblo tenemos unos diez pacientes, podemos entender mucho mejor la realidad de aquel pueblo, conocer mejor sus dinámicas y sus dificultades, sobre todo las dinámicas y las dificultades de los seropositivos en aquella determinada realidad. Todo ello, a su vez, nos permite poder intervenir más eficazmente, mejorar la situación, cambiar una actitud o una mentalidad consolidadas, o prestar una ayuda concreta a la gente, a los enfermos.
Porque el problema es no sólo hacer counselling, sino también, y sobre todo, dar ayuda cuando alguien está enfermo. Si hay una red DREAM en un determinado pueblo podemos saber de inmediato si en aquella zona concreta hay un determinado paciente que no está bien y de ese modo lo podemos ayudar.
Lo más hermoso es que son los propios pacientes los que ponen en movimiento la ayuda para otros pacientes. Pero por otra parte, hemos visto que nuestros pacientes quieren participar cada vez más en lo que hace DREAM. Cuando hay alguna iniciativa quieren estar al corriente y participar, como, por ejemplo, el 1 de diciembre, cuando se celebra el día mundial contra el sida. Muchísimos de nuestros enfermos nos hacen comprender, o nos dicen que quieren estar con nosotros, trabajar con nosotros. No quieren sólo recibir noticias de manera pasiva, desde el gobierno, sino que quieren participar. Si, por ejemplo, viene alguien de DREAM de fuera, de Europa, para visitar nuestro centro, muchos pacientes se ofrecen para ayudar en la acogida, en la organización de todo, etc. Con ello quiero decir que los enfermos no quieren sólo ser informados de que viene alguien, sino que quieren ayudar concretamente.
Para ellos todo esto significa vivir un testimonio personal, significa mostrar su gratitud por la ayuda que DREAM nos ha dado a todos.
Imagino que este trabajo que hacéis es fuente de gran satisfacción, visto que tocáis con las manos todos estos resultados…
Nuestro trabajo es realmente un conjunto de buenas noticias, ya en el día de hoy, pero también, diría, en vista del mañana. Algunos resultados, los tocamos con las manos, pero otros los prevemos para el futuro…
Los activistas de DREAM trabajan para cambiar el futuro. Los hombres y las mujeres a los que conocemos ponen en tela de juicio la manera tradicional de considerar las diferencias de género, porque participan en el mismo grado hombres y mujeres, se revelan igualmente interesados e involucrados. Ponen en tela de juicio, de manera revolucionaria en mi opinión, el habitual modo resignado y pasivo de vivir, porque están dispuestos a hacer pasos hacia adelante ellos mismos, así como a hacer que su pueblo en conjunto haga pasos hacia adelante, cambiando en primera persona la mentalidad y haciendo cambiar poco a poco la mentalidad tradicional que se respira en los pueblos.
En esta perspectiva muchos de los hombres y de las mujeres del Movimiento han afirmado estar dispuestos a asumir más responsabilidad, a llevar más a DREAM a sus pueblos, así como a llevar más a sus pueblos hacia DREAM.
Dando muestra ante todo lo que la Comunidad de Sant’Egidio está haciendo para ellos. Porque muchos de estos pacientes vinieron aquí a Mthengo cuando estaban realmente mal, y en cambio hoy que se les ha proporcionado todos los tratamientos y el apoyo que necesitaban, están muy bien. Quieren comunicar todo esto a todos los que encuentran. 

¿Nos puedes contar alguna historia? 

Te podría explicar el ejemplo de una activista, Verónica, que venía aquí desde el pueblo con su bicicleta para tomar la terapia. Una mujer que venía desde muy lejos, desde más de 25 km de distancia (la historia de Verónica se puede ver también en el vídeo «Viva l’Africa viva», en la página inicial de DREAM).
Pues bien, después de haber visto que Verónica era una de las más fieles al programa, que era muy escrupulosa en la terapia, que no faltaba a ninguna cita, hablamos con ella y le preguntamos si podía utilizar la bici para ocuparse también de otros pacientes y salvar también sus vidas. Verónica se mostró encantada con la propuesta, que le permitía sentirse útil, vivir concretamente su gratitud, estar concretamente cerca de muchos que tienen el problema de que están demasiado lejos de nuestro centro de Mthengo…
Otra activista de las que podría hablarte es Alice Mogomu. Después de haber visto cómo se ocupaba de manera inmejorable de su hija, a la que había dado a luz recientemente, pensamos que podía ser especialmente adecuada para animar a otras mujeres a ocuparse de sus hijos acabados de nacer, es decir, para enseñarles a amamantar a sus hijos.
Hoy Alice es un ejemplo para muchas mujeres de nuestro programa. Su hija se hizo la prueba y es una de las muchas niñas que ha dado negativo. Su precedente está animando a las gestantes porque demuestra que es posible tener un hijo seronegativo. La autoridad de Alice no proviene de su edad –es una de las activistas más jóvenes que tenemos– sino porque quiere trabajar seriamente para salvar vidas. Eso es lo que la hace tan valiosa y preciosa, eso es lo que la hace ser un puente de esperanza entre los pacientes y nosotros. 

¿Cuál es el trabajo que se lleva a cabo en un centro DREAM en cuanto a la prevención materno-infantil? 

Desde 2004-2005, cuando empezó el programa DREAM en Malawi, insistimos en el hecho de que una mujer embarazada seropositiva puede dar a luz a un niño seronegativo. Siempre que empiece rápidamente la terapia.
Pero aunque siempre lo hemos dicho, aunque siempre hemos insistido mucho, al principio no era fácil convencer a las gestantes que encontrábamos. No había pruebas para demostrar lo que decíamos: hasta entonces, ningún niño se había hecho la prueba y había dado negativo.
El gran paso adelante se produjo cuando alguna mujer empezó a fiarse. Su confianza hizo que tomaran correctamente la terapia antirretroviral, amamantaran a sus hijos hasta los seis meses de vida tal como se les había dicho y luego lo dejaran. Todas aquellas gestante que habían observado fielmente las prescripciones de los médicos tuvieron un niño perfectamente sano.
Estos niños han sido el ejemplo que necesitábamos. Gracias a ellos, gracias al hecho de que están bien, podemos decir a muchas otras mujeres, a veces realmente desesperadas, que si toman fielmente todas las medicinas que se les recetan, mañana y tarde, su hijo no tendrá ningún problema. 

¿En qué te hace pensar todo esto, mirando el día de hoy, pero también el futuro de DREAM? 

El futuro de DREAM –tal como lo veo yo– pasa por radicarse cada vez más capilarmente en todo Malawi, por abrir muchos centros en muchos pueblos, de manera que muchas personas como Pacem, Verónica, Alice, puedan tener acceso a la esperanza y a la terapia. Ese es, por otra parte, el trabajo que está haciendo DREAM en este momento.
Pero ahora pensaba –meditando sobre el presente y el futuro de DREAM, pero también sobre el pasado, y partiendo de que habábamos de la prevención materno-infantil– que hace algunos días organizamos una fiesta para celebrar juntos un grupo de niños que habían dado negativo en la prueba.
Para muchas mujeres fue un día muy hermoso, fue la demostración de que hicieron bien en empezar la terapia, un premio por su confianza y su valentía (porque algunas mujeres, por desgracia, deciden irse, no aceptan empezar la terapia). Aquella fiesta fue la celebración de una victoria de la confianza. Muchas mujeres seguramente dijeron para sí mismas: “Realmente he luchado duro, he hecho cuanto he podido para salvar la vida de mi hijo; y él efectivamente no ha contraído el virus, ¡está libre!”. Hay una fuerza de verdad hermosa, plena, en esta confianza, en esta alegría.
Y entonces pienso en mí, madre de una niña que es seropositiva. Hace años lo pasé realmente mal. Pero el otro día hice fiesta con alegría junto a mis amigas, porque sus hijos habían resultado negativos. Cuando yo estaba embarazada no había las posibilidades que hay hoy, el programa DREAM no estaba tan arraigado… Pero ahora que el programa DREAM está aquí nosotros tenemos que luchar por muchas mujeres y por muchos niños, por su vida.
Además, DREAM es una garantía de vida también para nuestros hijos seropositivos, porque son curados, reciben la terapia y una buena asistencia. Gracias a la Comunidad de Sant’Egidio sabemos que nuestros hijos tendrán un futuro, que todavía hay vida para ellos, que para ellos todo es posible.
Por eso es lo mismo, tenemos que hacer fiesta por los niños que han dado negativo y los que, aun habiendo dado positivo, gozan de vida y de salud. Y tenemos que ser consciente de dos cosas: de la fuerza de muchas mujeres, porque han hecho realmente mucho por sus niños, y de la fuerza de amor de DREAM, porque nuestro trabajo ha mejorado realmente y podemos decir que hemos obtenido grandes éxitos.
Cuando veo a pacientes que están enfermos, o realmente desesperados, lo que me viene a la cabeza son los primeros tiempos, cuando yo había llegado muy enferma para visitarme al centro DREAM. Entonces, lo que yo puedo desear a estos pacientes –con gran conciencia, con gran sinceridad– es que puedan llegar a estar como estoy yo hoy. Y en cuanto al sufrimiento y a la desesperación que viven, espero que puedan desaparecer. Par que, tal como nosotros hacemos fiesta y disfrutamos de los frutos buenos de DREAM, también sea así para ellos. Que podamos disfrutar juntos, porque DREAM realmente ha acogido nuestra vida, nos ha dado mucho.
Que todos los pacientes que ahora están mal puedan levantarse, dar muestra y luchar por los demás. Porque yo no veo el motivo por el que muchos en Malawi tienen que morir cuando existe una terapia disponible, cuando hay una posibilidad de una mayor asistencia para ellos. Así, todo lo que sé es que podemos y debemos luchar para ellos.

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Una historia desde Tanzania. La amistad da vida al futuro El largo viaje de Hidaya desde la enfermedad hasta la esperanza

Hidaya es una mujer tanzana de unos treinta años. Pero también es una gran amiga de todos el personal DREAM de Arusha, un ejemplo de valentía y de voluntad de curarse para muchos pacientes del centro, una prueba de que el amor y la esperanza pueden abrir al futuro y ser más fuertes que la enfermedad y la desesperación.
Hidaya conoció DREAM hace algo menos de dos años, cuando el sida ya había empezado a marcarle la cara con el sarcoma de Kaposi. Se presentó en el centro de Arusha en silencio, acompañada de su madre, una mujer que no la dejó nunca sola en todo el largo periodo de tratamiento.
Su casa de barro y cañas está en el barrio de Ngarasero, algo fuera de Arusha. Es el barrio más cercano al centro DREAM, en la carretera hacia el aeropuerto, el barrio del que provienen la mayor parte de los pacientes que siguen el Programa. Gracias a algunos de aquellos pacientes Hidaya y su madre supieron que era posible seguir el tratamiento. Se armaron de valor y vinieron.

Hidaya estaba muy mal. Su sida estaba en una fase muy avanzada. El sarcoma de Kaposi, unido a las demás enfermedades oportunistas que tenía, habían demacrado su rostro, no podía engullir y empezaba a tener afectada la vista.
Su rostro era la imagen de la furia horrible del sida, de su maldición. Cuando los demás enfermos la miraban se manifestaba claramente la idea del estigma de la enfermedad, el temor casi físico de contagiarse.
Ante su situación había la impresión de un mal realmente inexorable, que se ensañaba en una pobre mujer cerrándole toda perspectiva de salvación. Habría podido sentirse derrotada por la gran fuerza de aquel mal. Se habría podido rendir ante la aparente imposibilidad de hacer algo.
Pero la presencia muda y sufridora de Hidaya en el centro DREAM era una pregunta que no podíamos ni queríamos eludir. Había que ser tenaz y fantasiosos en el amor. Había que ser pacientes en la dificultad y fieles en la esperanza. Había que creer que el bien, que la amistad, que las curas, podían manifestar una fuerza mayor que la fuerza del mal. Podían hacer retroceder al mal.
El problema principal era la dificultad de Hidaya por engullir. No sólo tomaba los medicamentos con dificultad (era casi imposible suministrarle fármacos en pastillas), sino que también le costaba enormemente comer. Era un estado de continua, profunda debilidad, porque no podía alimentarse como debería.
El primer paso fue el de cambiar los fármacos, para permitirle tomar los antirretrovirales en jarabes que se suministran también a los niños (en cantidades mayores, obviamente). El segundo fue el de trabajar en una dieta pensada para Hidaya, un régimen alimentario posible, que le garantizara un complemento nutricional adecuado y que le diera nueva fuerza.
Pero además había que hacer frente al problema de un sarcoma muy agresivo, que amenazaba con afectar también los pulmones. 
Desafortunadamente, su ingresos hospitalarios no habían tenido ningún resultado tangible hasta el momento. La terapia era siempre la misma: le hacían alguna radiografía, y se indicaba algún flebo. Los médicos se mostraban en su totalidad pesimistas sobre la prognosis y sugerían abiertamente a los trabajadores de DREAM que iban a hablar con ellos que no la ingresaran más, ya que no había nada que hacer.
Pero siempre hay algo que hacer. Uno no se resigna a la pérdida de un amigo. DREAM logró entrar en contacto con médicos que trabajan en el hospital de Moshi, una pequeña ciudad a unos cien km de Arusha, y que estaban dispuestos a intervenir. En primer lugar bloqueando el avance de la enfermedad con ciclos de quimioterapia, y luego eliminando las formaciones cancerígenas de la cara de Hidaya con dos operaciones quirúrgicas.
No faltaron dificultades. El sarcoma, efectivamente, había alcanzado los pulmones. Y luego, tras las primeras sesiones de quimioterapia, los médicos tuvieron que interrumpir durante un tiempo el tratamiento potque la situación de Hidaya, especialmente su anemia, no le permitían seguir. Por último, una infección en la oreja se había propagado a los ojos y le impedía ver.
Pero Hidaya quería vivir. Una voluntad grande, deteminada. Que la llevó a soportar y a perseverar hasta que fue posible empezar el tratamiento quirúrgico. La primera operación, hace algún tiempo, fue muy bien (sus ojos volvieron a ver) y se espera que la próxima sea aún más resolutiva.
Lo que impresionó a todos, en el centro DREAM, de la historia de una mujer que ha vivido y vive una situación tan difícil, tan desesperada, fue su voluntad de continuar tenazmente luchando contra el mal.
Y también Hidaya, por su parte, debió quedar impresionada por la dedicación y la tenacidad de los trabajadores de DREAM. Su fuerza y su valentía se alimentaron cada vez más, en algunos aspectos de manera sorprendente, no tanto o no sólo porque las cosas iban mejor, sino porque veía cómo crecía el cariño que la rodeaba, porque era importante para alguien, porque el deseo de muchos era verla estar bien.
En la amistad y en el agradecimiento que poco a poco se han ido construyendo con todo el personal del centro de Arusha, Hidaya ha pedido cada vez con mayor convicción que la ayuden. En sus ojos y en sus palabras el sufrimiento ha dejado espacio cada vez más a la esperanza de la curación.
La desesperación de una vida que parecía no poder durar más fue sustituida por el deseo y la certidumbre del futuro. La amistad y la esperanza, efectivamente, han generado el futuro, materialmente. Extrayendo de la nada aquellos días y aquellos meses, aunque queden lejos, que cada uno de nosotros, los «sanos», imagina naturalmente para sí mismo.
Al inicio Hidaya no hablaba nunca del mañana. A los que se iban siempre les decía que aquella era la última vez que se veían. En los últimos tiempos, sin embargo, ha empezado a fijar citas incluso a largo plazo, tanto con los amigos que han vuelto tras cuatro o cinco meses, como con el cirujano que en enero deberá operarla de nuevo para liberar finalmente su rostro de los signos de la enfermedad.

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Malawi – La historia de Violet y de Faih, niña nacida sana de una madre seropositiva

El martes llegó Violet al centro DREAM de Mthengo wa Ntenga (Lilongwe). Venía con Faith, su hija, que tenía apenas 18 meses.
Faith es una de los más de 100 niños nacidos en el programa de prevención vertical DREAM de Mthengo wa Ntenga. Su nombre en inglés significa “fe”, y no hay duda de que Violet, tras el nacimiento de su cuarta hija, que llegó pocos meses después de saber que era seropositiva, quiso confiarse y confiarla a quien podía ayudarlas a ambas a superar la resignación y la desesperación.
Violet había llegado a Mthengo wa Ntenga el 19 de octubre de 2005. Quería hacerse una visita normal de control en el servicio local de antenatos. Se trata de un centro de maternidad –como la mayoría de los centros de maternidad de Malawi– con falta de personal y de medios. A falta de otras cosas, en dichos centros se limitan a controlar el peso de la gestante y a recetar algunas pastillas de sal ferrosa para curar la anemia, muy extendida entre los que viven en países en os que la malaria es endémica. Según la normativa vigente en Malawi para la prevención de la difusión del sida, es obligatorio realizar una prueba del VIH, pero a menudo, por desgracia, en las zonas rurales no se dispone de los kits necesarios. En Mthengo wa Ntenga, sin embargo, gracias al apoyo del centro DREAM, se puede hacer la prueba.
Cuando durante la espera de la visita se explicaba a todas las mujeres la importancia de hacer la prueba, Violet escuchaba con atención. Hacía algún tiempo que no se encontraba bien, tenía una extraña tos persistente y fiebre frecuente. Seguramente su ánimo había disminuido… para una mujer malawiana saber que es seropositiva es un drama, te cae el mundo encima, en un momento toda tu vida deja de ser como antes. Apenas empieza a difundirse la noticia de que una mujer es seropositiva todos empiezan a mirarla de otro modo, los niños dejan de jugar con sus hijos, y no so pocos los maridos que abandonan a sus esposas afirmando que ellas son la causa del mal.
Aquel día, en cambio, los trabajadores y las activistas de DREAM no se limitaban a explicar qué es el VIH y cómo se transmite. También explicaban que es posible tratar la enfermedad y que, siguiendo bien la terapia, una mujer seropositiva puede traer al mundo a un niño sano. Violet se armó de coraje y decidió hacerse la prueba. 

Y llegó la respuesta temida: el test dio positivo. Son momentos terribles, el futuro da miedo: “¿Cómo voy a volver a casa? ¿Qué voy a decir a mi marido? ¿Qué va a ser de mis hijos?”. Pero el encuentro con DREAM apoya, anima, abre una nueva esperanza.
Después de la prueba todas las mujeres positivas son acogidas por el personal especializado de DREAM en pequeñas salas bien preparadas y decoradas. Hay tiempo de hablar sin prisa. Los enfermos tienen la oportunidad de exponer sus miedos, de escuchar las historias de quien ya ha vivido la misma experiencia. Reciben consejos prácticos, sugerencias sobre cómo explicar la situación a sus familiares. Se les ofrece la posibilidad de ir a encontrar y de ocuparse también de sus parientes. Se les garantiza la posibilidad gratuita de fármacos, visitas médicas, pruebas de laboratorio y –si es necesario– asistencia a domicilio y un paquete de alimentos. Se asegura, en una palabra, que tendrás a alguien a tu lado en la lucha contra el virus, para ayudarte en el tratamiento.
Tras la entrevista, Violet vuelve a casa menos preocupada. Habla con su marido y luego con los demás parientes y al cabo de una semana vuelve al centro DREAM. Para empezar el tratamiento, la prevención vertical, para salvar la vida del niño que espera.
Día tras día el miedo y la angustia del inicio dejan espacio a la confianza, a la amistad y a la serenidad que se respiran en un centro DREAM.
Tal vez por eso en el momento del parto el nombre de la niña de más de 3 kg que ve la luz ya está decidido. Faith. Confianza en que ella pueda vivir libre del sida, que pueda crecer feliz y que pueda llegar a adulta en un mundo menos injusto del mundo en el que el tratamiento para el sida está al alcance sólo de una exigua minoría de personas enfermas.
En el centro DREAM hemos visto crecer a Faith mes a mes. Ha venido regularmente durante estos 18 meses, con su madre, a las citas de control. Cada vez hemos controlado su crecimiento, su peso, hemos dado a su madre consejos de higiene y para dar a la niña una buena alimentación durante y después del destete.

 
El martes pasado Faith cumplió 18 meses, la edad necesaria para poder hacer la prueba definitiva y determinar sin duda alguna si tiene el virus del VIH en su sangre. Violet llegó puntual como siempre con su niña, emocionada y elegante. Las expectativas eran buenas porque en todos los análisis y controles realizados durante este año y medio los resultados ya indicaban que Faith se había salvado del contagio, como el 98% de los niños que nacen en el programa DREAM.
Esta vez entrar en la sala de las pruebas no fue motivo de angustia y, como estaba previsto, la prueba confirmó definitivamente que Faith es la enésima niña del centro DREAM de Mthengo wa Ntegna que nace sana de una madre seropositiva. Una vez finalizada la prueba, empezó una fiesta improvisada. Violet tuvo que dar la vuelta a todo el centro enseñando a su hija sana a los demás pacientes, al personal y a los técnicos de laboratorio que hicieron posible, con su trabajo, este pequeño milagro.
Luego se fue contenta, con Faith en brazos. La confianza de Violet en que su hija pudiera nacer sana fue correspondida.
Pero la confianza continúa alimentándose. Mientras Faith crece sana y robusta, también la confianza de Violet continúa creciendo, sabiendo que ha encontrado una amistad sin fin y que puede continuar tratándose, mantener la salud y ver crecer a sus cuatro hijos.

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Una historia de Malawi – Brilliant, el esplendor de la vida

Lo veo. Finalmente ha salido del hospital… Le pregunto cómo está y él me contesta con un hilo de voz y una hermosa sonrisa: “Estoy bien, gracias. Estoy muy contento. ¿Y tú cómo estás?”. Le contesto: “Yo también estoy bien, gracias. Eres muy amable. Estoy contenta de volverte a ver”. Él se preocupa por mí, ¡me pregunta cómo estoy!

Brilliant dice que está contento. ¿Contento de qué? Tiene 14 años, pero aparenta ocho, está enfermo, muy enfermo. Es un paciente nuestro, un pequeño paciente del centro DREAM de Blantyre, en Malawi. No camina, porque casi no tiene músculos. Está tan delgado que sus huesos, cubiertos sólo por una fina capa de piel, se reconocen fácilmente. Ya hace seis meses que tiene diarrea y vomita.

Pero está contento. Ha salido del hospital y ha venido al centro DREAM para hacerse los análisis y para tomar las medicinas. Está contento sobre todo porque se siente mejor. Y también porque le gusta ver a los que le quieren y lo acogen con tanta ternura. Está contento también porque espera su turno para ver al médico, lo importante es no volver al hospital. Con nosotros se siente seguro. No se lamenta de nada. En definitiva, está contento de vivir.

Se llama Brilliant, y es un milagro que esté vivo. Eso dice Piero, uno de los médicos italianos que ayudan en el trabajo de los empleados malawianos de DREAM.
Aquí todos lo conocen y todos le quieren. Es muy famoso en DREAM. Lo conocemos desde no hace muchos meses, lo encontramos cuando ya estaba muy mal. Pero nos dedicamos a él con pasión. Hilda, una activista del centro, lo va a ver a casa y al hospital. Habla con sus padres, los ayuda a mantener la esperanza y les dice siempre que realmente Brilliant es brillante, que vale tanto y más que un brillante.

Trabajamos y rezamos para que pueda continuar viviendo, para que pueda estar mejor. Le regalamos un balón, que él deseaba desde hacía años. Todos querríamos verle jugar detrás del balón. Hilda afirma que un día Brilliant se hará el hombre más importante de Malawi y del mundo entero… Para nosotros ya lo es.

Mirándolo nuestro corazón se parte en dos, pero él, con su sonrisa y su esperanza, nos lo recompone y nos regala un sentimiento de agradecimiento y de alegría. Es la alegría de la vida. A Brilliant le basta vivir, mientras que a nosotros no nos basta nunca nuestro bienestar. Delante de Brilliant y de su hermosa sonrisa querría decir con fuerza y no olvidar jamás que también a mí me basta que él viva.

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Una historia de Malawi: La resurrección de Edward

Edward vuelve despacio, con el corazón lleno de desesperación, hacia su habitación en la zona 25 de la periferia de Lilongwe, la capital de Malawi.
Calles de tierra y polvo, hileras de casas bajas, de barro o de ladrillos de terracota, la pobreza de siempre. Pero también hay mucha gente, se ve el latido de la vida, hombres y mujeres que caminan, que hablan, que ríen.
Sin embargo, Edward no participa en esa vida que pasa a su lado. Está enfermo. Tiene el sida.
Es un hombre sin ninguna esperanza. No tiene trabajo, él que en su juventud había tenido la suerte de poder estudiar y había terminado los estudios secundarios, él que había conseguido un buen trabajo como mecánico. En África, cuando uno está enfermo, es normal que pierda su trabajo, y por consiguiente, también los amigos y su posición social. Efectivamente, Edward ya no tiene amigos. Los que había tenido, asustados por su situación, no quieren ni siquiera verle, tienen miedo. Los mejores entre sus amigos sienten una cierta compasión.
Por eso Edward vuelve a casa. Es un buen lugar para morir. Por otra parte ¿adónde podría ir? No tiene mucho por hacer. ¿Cómo va a encontrar trabajo en la situación en la que se encuentra? ¿Cómo podrá sobrevivir? El virus ha progresado de manera terrible en su cuerpo, debilitándolo mucho y dejándolo prácticamente ciego a sus 30 años. Dentro de poco ya no verá nada y no podrá ni siquiera caminar solo.
 
Edward descubrió que tenía sida en abril de 2005. A menudo se encontraba mal y le recomendaron que se hiciera análisis de sangre. Y las pruebas dieron positivo. Edward se había infectado con el virus VIH y su sistema inmunitario estaba gravemente afectado.
Una noticia terrible. Pero Edward no se rindió y luchó. Al saber el resultado de los análisis intentó seguir el tratamiento aprovechando el servicio sanitario que ofrecía el gobierno y con gran confianza empezó a tomar regularmente las medicinas. Pero su situación no mejoraba… más bien empeoraba día a día. Así pues, ¿qué más podía hacer sino volver a casa para esperar a la muerte?

Pero la historia de Edward no está destinada a cruzarse con la muerte. Por uno de aquellos milagros que suceden incluso en África, su historia se cruza con un sueño de esperanza, de curación y de vida.
Mientras Edward está todo el día echado en una estera, sin esperar nada ni a nadie, de repente sucede algo. Va a verle Joseph, un pariente lejano, que ha sabido que tiene la enfermedad y que el año anterior participó en el curso de formación para técnicos de laboratorio del Programa DREAM, en Maputo, en Mozambique.
Joseph, justo después de haber asistido a aquel curso de formación, empezó a trabajar en el laboratorio de biología molecular del hospital de Mthengo wa Ntenga, en la periferia de Lilongwe. Aquel laboratorio es el primero que abrió DREAM en Malawi, y es el único del país en el que los enfermos no pagan para hacer los sofisticados análisis necesarios para controlar y tratar el sida. Joseph ha conocido a mucha gente, a muchos enfermos: ha visto que, gracias a la terapia antirretroviral, muchos pacientes han recuperado sus fuerzas y su esperaza, ha visto que el sida no es una condena a muerte, sino una enfermedad que se puede tratar y se puede mantener bajo control.
Así pues, Joseph, que se ha sorprendido al ver la situación de Edward (casi no lo reconocía), le da el consejo adecuado, el de ir al centro DREAM de Mthengo wa Ntenga. Allí le podrán dar el tratamiento del mismo modo que se hace en Europa o los Estados Unidos, y además, gratuitamente. Edward, al igual que los otros enfermos, que no pueden trabajar, también recibirá ayuda alimentaria.

Edward se deja convencer por el apasionado discurso de Joseph, por la perspectiva de recibir el tratamiento y de recuperar la dignidad y decide afrontar el esfuerzo de llegar al centro DREAM.
No es fácil, ya que hay que recorrer un largo trecho a pie y luego se debe tomar un minibús. Son unos 1600 kwacha para ir y volver, más de un dólar. Además, Edward no puede afrontar el viaje solo porque está casi paralizado. Harán falta al menos una o dos personas de buena voluntad que se comprometan a acompañarlo.
Pero la perspectiva de recuperar la esperanza vale todo eso. Edward no se quiere abandonar ahora que tiene un sueño de tratamiento y de vida.

Edward llega a nuestro centro el 31 de octubre de 2005, es ayudado a acomodarse en la sala de espera y luego es visitado. El médico le hace una extracción de sangre para poder reanudar la terapia y prescribe el tratamiento para las numerosas infecciones oportunistas que sufre el paciente.
Edward, en efecto, tiene una terrible tos causada por la tuberculosis, lesiones cutáneas en el cuerpo y en la cabeza, una herida en la axila derecha, que se le ha infectado y a la que se deberá realizar un corte para drenar el pus, dolores musculares que le impiden caminar solo y un estado de debilidad generalizada. Aunque mide más de un metro setenta, en los últimos meses ha adelgazado tanto que no llega a los 50 quilos de peso. Por eso recibe el suplemento alimentario para los días siguientes hasta la próxima visita.
En una primera fase Edward vendrá al centro cada dos semanas, pues hay que hacerle un control médico muy intenso.
Al cabo de un par de meses empieza a encontrarse mejor. En su barrio casi nadie cree lo que ve: vuelve a caminar y a ver. En febrero viene solo a las visitas, ya no necesita que nadie lo acompañe.

Hoy Edward es otra persona.
A mediados de marzo llegó al centro DREAM orgulloso por haber convencido a su esposa de que se hiciera también ella las pruebas y entrara en nuestro programa de asistencia. Recuerda con nosotros su historia y nos da las gracias por la terapia que le ha permitido recuperar la salud. Hoy ve su futuro con más esperanza y menos soledad, ha encontrado a alguien que le ayuda a luchar en su batalla por la salud.
Conversamos largamente también con su esposa. Nos explica que hasta hace pocos meses no pensaba que su marido pudiera salir adelante. Es más, temía enormemente por sí misma. Él, cuando empezó a sentirse mal, intentó en varias ocasiones convencerla para que se hiciera las pruebas, pero ella no había querido. Tenía miedo, temía recibir la confirmación de que la desesperada situación de su marido pudiera ser también la de ella. Pero cuando empezó a ver que su marido recuperaba fuerzas día a día, el miedo empezó a desaparecer y dejó espacio a la convicción de que es importante conocer y afrontar el resultado de las pruebas, y más aún si se puede tener la certeza, en el centro DREAM, de que se va a recibir un seguimiento y una compañía con premura hoy y en el futuro.
La esposa de Edward hizo la primera extracción de sangre y volvió a casa con su marido. Les vemos alejarse del hospital paseando por las calles del pequeño mercado situado en el exterior del centro. Todavía están enfermos, pero su paso es el paso de alguien que ha recuperado la esperanza, de alguien que ha vuelto a soñar. Caminan juntos, tranquilos, hacia un futuro que se presenta más largo de lo que habían pensado hace sólo algunos meses.

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